domingo, 4 de noviembre de 2012

TESTIMONIO SICARIO MEXICANO V Parte


PARTE V
 Y llegó la libertad.
 Y salí de Alomolya de Juárez.
Y todavía cuando salí de la cárcel, salí con algo dentro de mí: El vicio de la droga y el alcohol.
 Allá cometí mi último asalto, y puse un negocio de camisas; en el barrio de Tepito. Yo vendía camisas. Después de vender toneladas y toneladas de drogas, ahora yo vendía camisas. 
Camisas de 500 pesos, y me las compraban. Eran camisas que en el cuello iba la droga.
 Hasta que la Federal se dio cuenta, y me quitó el negocio.
 Después me puse a vender vestidos, y quienes me compraban los vestidos eran hombres. Y también dentro del dobladillo del vestido iba la cocaína. También la Policía me lo quitó. Ahí se acabó todo el negocio. La droga y el alcohol se habían apoderado de mi vida; yo deambulaba por las calles. Mi esposa constantemente oraba: “Señor, rescátalo”.
De la Ciudad de México nos trasladamos a Córdoba, Veracruz. Ahí empezó una vida tremenda, infernal.
¿Por qué?
EN UN TEPOROCHO
Porque yo me convertí en un teporocho. Después de haber tenido tanto dinero, mi vida estaba en la basura, en donde el diablo quería que estuviera. Aún así, yo me reía de los aleluyas.
Yo le decía a mi esposa: “Si tu Cristo existe, que baje. Que me vea, que me hable; lo quiero ver”.- “Cristo es mentira”, decía yo.
“Cristo está muerto”.
“Cristo se en gusanó”.
“Los apóstoles lo sacaron de su tumba y lo escondieron, para que la gente creyera que Cristo está vivo”.“ Cristo está muerto”. Pero qué gran mentira tenía dentro de mí, porque déjeme decirle que Cristo vive. Yo retaba a Jesús, cuando estaba drogado y alcoholizado. Le decía: “Si eres Dios, baja de ahí; te quiero ver ahorita”. Y nunca bajaba. Yo era teporocho.
Me quedaba en calle tirado.
Mi pantalón me lo quitaba cada tres meses; andaba todo greñudo, todo piojoso, y la gente me veía como un vómito de perro.
A la vuelta donde yo estaba, había una iglesia cristiana, y los cristianos que pasaban por ahí, junto con el pastor, le daban vuelta, como no queriendo ver a un alcohólico.
“DAME UN PESO”
Una ocasión le dije al pastor de esa iglesia: “Oye, brother, dame un peso, para tomarme un trago”. Grande fue mi sorpresa que este hombre me insultó. Y yo dije: “¿Cómo es posible que ellos, que dizque predican a un Dios vivo, y mira cómo son. Son gro- seros; no lo quieren a uno”.- Y yo amenacé al pastor.
Le dije: “El domingo que viene, tú me la vas a pagar”. El domingo siguiente pasó el pastor, y le pedí un peso. No me lo quiso dar, y le arrebaté el portafolio, y arranqué a correr. El pastor no me siguió, porque pensó que yo lo iba a puñalear. En una esquina abrí el portafolio; encontré una Biblia grande, que vendí en 60 pesos. Encontré una bolsita con 300 pesos; tenía yo 360 pesos, casi para tomar todo un año. Porque el teporocho con un peso de aguardiente, todo el día la pasa borracho.
Pero no había tranquilidad en mi vida; yo gozaba de la droga y el alcohol, pero no había paz en mi corazón. Mi esposa tenía que trabajar, para llevarle de comer a mis hijos. Pero los ruegos de mi esposa llegaron
a los oídos de Dios. Fue entonces cuando Dios tomó mi vida. El 23 de agosto de 1998 se cumplió el reto que yo le había hecho a Jesús. Estábamos en un cuarto, varios drogadictos; ya nos habíamos acabado algunos litros de aguardiente, y algunos gramos de mariguana, cuando la puerta de ese cuarto dio un golpe tremendo, y se abrió.
VIDA ETERNA
Mis amigos seguían platicando, y yo voltee a ver hacia la puerta. En esa puerta apareció una luz dorada, con unas letras hermosas que decían: “Salvación y vida eterna”.
Cuando yo me tallé los ojos, para ver mejor, seguía viendo el redondel de esa luz. Y yo decía: “Estoy viendo visiones”. Pero hasta ahí no comprendía que eran visiones las que yo veía (sic).
De repente de esa luz brotaron dos hermosas manos; en cada mano se dejaba ver un orificio, y en cada orificio, una gota de sangre. Después se dejó ver una túnica blanca, hasta el suelo, y a media túnica, un cinturón de oro que decía: “Alfa y Omega”.
Al finalizar la túnica estaban dos hermosos pies, y en cada pie un orificio, y en cada orificio, una gota de sangre. Cuando alcé mi rostro, me encontré con el rostro más perfecto que en el mundo haya visto, que ningún joyero, ningún pintor, ningún ebanista, ningún carpintero, ningún fotógrafo puede realizar.
Pero lo que más me impresionó, cuando vi ese rostro, es que de mi cuerpo brotaban miles y miles de demonios; horripilantes figuras brotaban de mi cuerpo.
Entonces mi cuerpo comenzó a temblar. Déjeme decirle que con esa presencia que yo veía enfrente de mí, mi cuerpo se estaba liberando.
Entonces Él se me quedó mirando con una sonrisa, y me extendió la mano; como lo hace un rey.
Dio un paso hacia adelante, y con su sonrisa me dijo de esta manera: “Yo soy Jesucristo, y tú, el hijo más querido, mi hijo el más deseado, mi hijo el más buscado. Deja eso, levántate y ven en pos de mí”.
COMO UN RESORTE
Y yo me levanté como un resorte, y le seguí hasta la calle.
Por primera vez, después de 18 años, mis ojos derramaron una lágrima; mi corazón se sentía triste, porque ya no volví a ver a Jesús.
Por primera vez en mi vida mis labios decían una palabra: “Señor Jesús, ¿en dónde estás?”.
Después de 18 años mis labios pronunciaban el nombre de Jesús; lo busqué desesperadamente, hasta que miré hacia el cielo, y lo vi sentado en su trono de oro, diciéndome: “Dile a mi pueblo que pronto vengo”.
Regresé a mi casa y busqué a mi esposa; me reuní con mi familia, y empezamos a servirle a Dios.
Empezamos a asistir a una iglesita pequeña, y de ahí el Señor me tomó.
Y me dijo: “Yo te saqué del mundo para que des testimonio de lo que Yo he hecho en tu vida. Yo te saqué del mundo para que prediques mi Palabra. Levántate, y ve y predica, que Yo soy Jehová tu Dios, que te sostiene en su mano”. Así es como empecé a predicar.
Pero vinieron los problemas, las tentaciones y las luchas constantemente. Y siempre mi esposa y yo decíamos: “Señor, no permitas que el diablo nos saque”. Porque el diablo se nos presentaba y nos decía: “Los voy a destruir, porque ustedes me han dado la espalda”. Pero yo le decía: “Tú no tienes potestad sobre mi vida; tú no tienes ningún derecho. Porque ahora yo soy comprado con la Sangre de cristo, y Cristo me libertó de las cadenas”.
Al poco tiempo, mi esposa fue llevada al infierno, tres ocasiones, y a mí el Señor me llevó, en dos ocasiones, a la puerta del Cielo.
AGRADECEMOS A ALEJANDRA ZARAZÚA POR ENVÍAR ESTE TESTIMONIO A LA REVISTA CENTINELA: azarazuaguerrero@hotmail.com

3 comentarios:

Unknown dijo...

IMPACTANTE TESTIMONIO,CRECE NUESTRA FE PARA SEGUIR ORANDO POR PERSONAS Q HAN CAIDO PROFUNDO , AVECES NOS SENTIMOS FRUSTRADOS AL VER QUE NO LLEGAN A CRISTO SINO POR EL CONTRARIO EL DIABO LOS ATA MAS Y MAS. HOY TENGO LA ESPERANZA DE QUE EL SENOR NO SOLO PUEDE SINO QUIERE, ANHELA SALVAR LAS ALMAS. NUNCA ES TARDE, NO DESMAYAREMOS ORAREMOS MAS Y MAS POR AQUELLOS QUE DIOS HA PUESTO EN NUESTRO CORAZON PARA INTERCEDER. GRACIAS PASTORAME EDIFICAN MUCHO SUS PUBLICACIONES.

Anónimo dijo...

Soy un exsicario soy nuevo en Cristo pero no tengo fuerzas oren xmi no me quiero perder

Anónimo dijo...

Todo lo puedo en Cristo que me fortaleze. Filipenses 4 13